CINEASTA, POETA Y RAPSODA

De sus otras dos debilidades, a una de ellas, la de cineasta realizador, se sobrepuso tras una incursión temporal en el mundo del cortometraje y para lo cual registró con anterioridad  una productora propia.

La otra, la del verso, el trovo…, en definitiva, la poesía, la cultivó durante toda su vida; y en olor de ripios, declamados y cantados, llegaron sus cenizas, cerrando el círculo de la vida, a la Cuesta de Gos donde, bucólicamente, descansaron, durante un año, bajo un hermoso almendro.

Bajo ese árbol, sobre el pedestal de una escultura con la figura del actor pueden leerse estos versos en los que Paco Rabal casi epilogaba su vida:

 Lo tengo bien pensado, amigos míos.

Un día me sentaré, la cara al viento,

aquí, junto al mar que vi de niño,

y aquí, bajo este sol, bajo este cielo,

y oyendo vuestros pasos por mi lado,

me dejaré dormir un largo sueño.

 

U otra de las composiciones sobre el ocaso de la vida, que para él no era otra cosa que el final de otro guión:

Pienso que la muerte, un día,

 por todas las puertas pasa.

Yo la dejaré pasar,

caminando hacia la nada,

y me quedaré sereno;

aire, fuego, tierra y agua.

Surgió el cineasta cuando, con la muerte de la dictadura, la libertad fue utilizada para hacer películas que “curaran” al personal tantos años reprimido. Las pantallas se llenaban de desnudos, casi siempre femeninos, claro, y Paco Rabal se dedicó a desnudar a la cultura y a algunos de sus representantes proscritos.

Disfrutaba colocando el ojo tras el objetivo de una cámara super-8 de la época y eso, unido a su debilidad por la poesía y sus poetas, le hizo ti­rarse al ruedo para, aunque fuera por poco tiempo, hacer algo que también le apetecía. Así, en aquella época están fechados los cortometrajes que dirigió: Mis encuentros con Dá­maso Alonso y sus poemas (1976); Rafael Alberti en Roma (1976); Funerales de arena (1976); y Por tierras de España: Antonio Machado (1977).

Le hubiera gustado ser director de cine pero cuando maduró la idea ya era tarde. Había pasado la época en la que tuvo tiempo por escasear el trabajo, y después, ya maduro, con la cabeza perfectamente amueblada y cada elemento en su sitio, las horas del día resultaban escasas. Era ya un actor solicitado y como, además, seguía siendo –nunca lo perdió- un actor vocacional, todo el tiempo era poco para estudiarse los guiones y preparar sus personajes.

De muy pequeño le venía a Paco Rabal el aura de poeta. Tal vez mamara algo en su Cuesta de Gos natal, en un ambiente minero que gustaba mucho del trovo ya que se trabajaba la repentización, como elemento inhibidor, para paliar la soledad de horas y horas en la semioscuridad  de las galerías. Si a esto se le une que su padre, como minero que era, tenía afición a la práctica del trovo, tal vez se esté cerca del motivo por el que Paco, que le gustaba leer lo que fuera, se decantara con frecuencia por la poesía. Y por la composición de la misma, gracias a lo cual se percató Dámaso Alonso, cuando leyó unos versos que Paco le llevó, de que en aquel chaval había una inteligencia que no podía dejarse perder.

Si además del libro Mis versos y mi copla, en el que recogió parte de los ripios que publicaba en ABC, (…),  pudiera recopilarse todo lo que, ripiando, ha escrito a sus amigos, así como la gran cantidad de versos que ha leído en actos de cualquier tipo,  posiblemente se estaría ante una producción casi tan amplia como la cinematográfica.

Entre los sonetos que publicaba en el diario ABC, un ejemplo en el que deslizaba una crítica a los vicios de la lengua :

(…)

Pasaron por “consiguiente…”

“la sopa está como fría”,

o achacan a las pasiones

a que “funciona la química”

(…)

El entrevistado pinta

con un gesto en el espacio,

aclarando: “entre comillas”.

Y hace con sus dos deditos

los signos de ortografía.

No entiendo esta moda tonta

que sin ofender, fastidia.

A Lázaro Carreter

del idioma especialista

le ruego que  con su “dardo”

nos mate esta pesadilla.

 Éstos y otros muchos de la más variada temática son versos que nacen en lo más hondo de su origen popular. Por eso, porque conoce perfectamente el terreno en el que pisa, en solitario, con su autodidactismo a cuestas, le da forma a los sentimientos más cotidianos, a esos que se palpan en la calle, en cualquier tajo laboral o en una taberna de pueblo o de barrio obrero.

Sobre el nombre ideado para su casa, con ese ingenio y bonhomía que lo caracterizaba, ripió aquellos versos tan acordes consigo:

Pensé ponerle a mi casa

de campo un nombre: ‘El olvido’.

Pero pensé: ¡qué buen nombre

para los que mal me quieren

y se llaman mis amigos!

Le di otro nombre, ‘El recuerdo’,

y di el olvido al olvido.

En esta faceta de compositor de versos no puede pasar desapercibida su investidura de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, dándose la circunstancia de que fue Francisco Rabal el primer actor que recibió este título honorífico, y fue la Universidad de Murcia la primera que otorgó esta condecoración a un actor.

De su lección magistral, lógicamente compuesta en octosílabos, tal vez sea acertado resaltar algunos versos.

Comenzó presentándose como a él le gustaba, recordando sus orígenes y presumiendo de ellos.

(Nací en la Cuesta de Gos,

murciano coto minero

cerca del pueblo de Águilas,

donde tiene Ayuntamiento).

Y versificó la trayectoria de su vida personal, sus orígenes, su paso firme por escenarios y platós, su analfabetismo venido a menos gracias a su tenacidad en beber de cuantas fuentes, libros y personas, tuvo a su alcance.

La Universidad de Murcia

de donde sale la savia

que alimenta el pensamiento

y ennoblece la palabra,

ahora a mí me dignifica

al hacerme “Honoris Causa” .

A mí, sin bachillerato,

simplemente autodidacta,

seguidor de los poetas,

respetando las distancias,

amigo de los pintores,

de músicas y guitarras,

de las voces que guiaron

el túnel de mi ignorancia,

hoy, aquí ante vosotros

siento esa emoción extraña

de querer deciros todo

temiendo no decir nada.

(…)

Reivindicó, como no podía ser menos, el papel y el trabajo de  actores y actrices y, finalmente, agradeciendo la distinción y condensando un ambiente ya emotivo de por sí, parafraseó al poeta español muerto en el exilio mexicano:

“…No diré con León Felipe

su estremecido ¡qué lástima,

que yo no tenga comarca,

patria chica, tierra provinciana!.

Porque yo sí que la tengo

y además tengo una casa

y el retrato de  un mi abuelo

puesto encima de la cama.

(….)

Aunque igual que el gran poeta

-fui testigo de sus lágrimas

un anochecer en México

con la nostalgia de España-,

pienso que la muerte un día

por todas las puertas pasa.

Yo la dejaré pasar

caminando hacia la nada,

y me quedaré sereno,

aire, fuego, tierra y agua,

sabiendo que habéis abierto

a mi casa otra ventana

inundándola de luz

para mi honor y mi causa.

Y eso para mí si tiene

una profunda importancia.

por eso, y uno por uno,

gracias, gracias, muchas gracias.

 Harto difícil resulta referenciar a Paco Rabal como hacedor de versos y obviar una muestra de su intervención como pregonero, en 2001, unos meses antes de morir, del carnaval aguileño:

¡Divertíos!, ¡disfrutad!,

que el carnaval pronto pasa

y luego viene el trabajo

y otras fiestas sacrosantas.

Entonces no hay más remedio

que a la vida dar la cara.

(…)

…Y vosotros, a bailar,

¡que no decaiga la marcha!.

Y cuidado con la cuerva,

que es muy mala la resaca.

 Pero para completar el perfil de poeta-rapsoda, además de compositor de versos y coplas, se dedicó a recitar la poesía de sus autores elegidos. Primero, en solitario y esporádicamente aunque de aquella lejana época (1969) data un disco de larga duración en el que, siempre fiel a sus ideas y coherente consigo mismo, recopiló poemas de Antonio Machado, Rafael Alberti, León Felipe y Miguel Hernández, cuatro de sus poetas preferidos.

Utilizó, también, esta faceta para, instalado siempre su integridad, reivindicar la dignificación de su profesión. Y para aportar su grano de arena al interés, exclusivamente social, con el que nació La Casa del Actor, se prestó a dar recitales a beneficio de este fin.

Para su “Queridos poetas” no necesitaba grandes montajes. Tenía suficiente con una mesa, una silla y una rosa blanca, que bien pudiera haber sido roja (a veces tuvo las dos), pero el color universal de la paz, siempre reclamada por Paco Rabal y Asunción Balaguer,  da mucho juego para la interpretación, tantas veces declamada, de los versos del cubano José Martí:

Cultivo una rosa blanca

en junio como en enero

para el amigo sincero

que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

el corazón con que vivo,

cardo ni ortiga cultivo;

cultivo una rosa blanca.

Era el empeño, otra vez, por divulgar un género y la obra de poetas, para él, inigualables e irrepetibles. A los cuatro de aquella primera grabación discográfica les buscó la compañía de Federico García Lorca, Pablo Neruda, José Martí y, en su afán de divulgar también a los más contemporáneos, José Agustín Goytisolo, José Hierro…

Los paseó por toda España, entre rodaje y rodaje, con la única justificación de que divulgando la poesía llevaba a cabo una labor cultural. Y además –decía- me divierto yo, porque para mí es como un desahogo, y se divierten quienes vienen a escuchar. Además, si en Cataluña incorporó, en la voz de Asunción Balaguer, a poetas en lengua catalana como Gimferrer o Maragall, en Murcia añadió a su repertorio poemas de Vicente Medina, Eloy Sánchez Rosillo o Pedro Guerreo. Y alguno más que estaba preparando y no llegó “a estrenar”.

En mayo de 1998, coincidiendo con el centenario del nacimiento de García Lorca, se puso en escena Canción con reflejo, un espectáculo multimedia en el que Paco Rabal, acompañado, entre otros, por el cantaor Enrique Morente, la soprano María José Martos, o la bailarina y coreógrafa Julia Greco, puso su inconfundible voz al poeta de Fuentevaqueros.

Así, donde quiera que reclamaran su presencia y su voz. Y con la serenidad y el sosiego que dan los años y el saberse reconocido en todos los aspectos, decía, irradiando una envidiable bonanza, que prefiero recitar poesías antes que hacer mal cine; ahora puedo ser lo selectivo que muchas veces quise…y no fue posible.

Antes y después, con la diferencia en el timbre de una voz marcada por los años, su entonación imprimía vida al poema que estaba diciendo. Y si con esta interpretaba el poema, con la fonética personalizaba al autor, trasmitiendo el sentimiento de quienes  habían compuesto cada uno de los temas.

(Texto, corregido y aumentado, en BLAYA MENGUAL, Miguel Ángel: Paco Rabal. Genio y figura, Nausicaä Edición Electrónica, Murcia, 2003).